lunes, 17 de agosto de 2009

Ivonne Bordelois y el idioma de los argentinos

Ivonne Bordelois ha dicho que la palabra está amenazada porque la palabra es una amenaza para la sociedad de consumo, para un sistema caracterizado por el fundamentalismo capitalista. Eso porque "con el lenguaje vienen la reflexión, la crítica y un sentido estético".

Bordelois es poeta y lingüista e investigadora en los problemas del lenguaje. Opinó que el gran problema del siglo XXI será el de la comunicación y subrayó la importancia del diálogo cultural con los chinos, "de quienes no sabemos nada". De sus investigaciones es fruto una primera serie de ensayos que se publicaron con el título "La palabra amenazada". El año pasado, un segundo volumen, "El país que nos habla", también de ensayos, obtuvo el premio que otorgan el diario porteño "La Nación" y la Editorial Sudamericana. En el libro analiza la historia lingüística del país desde las generaciones de 1837 y 1880 y luego la pelea entre los escritores enrolados en los grupos de Boedo y Florida.

Lo fundamental, para Bordelois, es el rescate de la lengua en un mundo globalizado y donde la imagen visual gana en velocidad a la expresión verbal. En la Argentina, puntualizó, hay un descuido por la palabra "que no es demasiado favorable".

Indicó que existen "varios idiomas argentinos -interpretando idioma en un sentido muy laxo, claro está-, porque las diferencias regionales y sociales marcan muy amplias variaciones en el habla. Somos al mismo tiempo muy distintos del español que se habla en la Península, pero también tenemos un sesgo muy distintivo con respecto al español latinoamericano. Recientemente he estado en Venezuela y me impresionó el ver como allí existe el cariño y la atención por la palabra que tanto flaquea entre nosotros".

–La variedad de hablas y hablantes, ¿definen una suerte de tribus urbanas con un correlato sociocultural? ¿Es signo de resistencia o de pobreza cultural?

–Creo que son expresiones de resistencia e identidad al mismo tiempo, pero es cierto que el empobrecimiento léxico caracteriza a la capa de la población más lejana al proyecto educativo, y es una de las causas de su exilio del mercado laboral, entre otros muchos factores.

–¿Es el castellano un idioma imperial, es decir, tiene impronta dominadora, incluso en cuanto a diferenciación sexual?

–El español carece de la vocación imperial de los tiempos de la conquista, pero su avance demográfico lo convierte en una fuerza muy avasalladora en los Estados Unidos. Allí, sin embargo, no es una lengua de prestigio, y está desvalorizado dentro del mundo editorial que se pliega a los designios del mercado anglosajón. La tendencia sexista siempre ha sido muy fuerte en el español. Ahora, por ejemplo, se da en decir: la "ministro" de economía, lo cual es un perfecto disparate morfológico. A poco que nos descuidemos empezaremos a hablar de la "maestro normal". La idea de que las profesiones son dominios masculinos es perfectamente retrógrada y condice perfectamente con el antifeminismo notable de nuestro país.

–Existe la anécdota de que Carlos V decía que hablaba con su caballo en alemán, con las mujeres en italiano y con Dios en español. Es cierto que la cuestión mística está vinculada estrechamente con la poesía española, lo mismo que la amatoria aunque no tanto como con la italiana. ¿Cuál es su experiencia como poeta?

–En cuanto a la poesía erótica se olvida el muy importante repertorio popular medieval, de un erotismo muy avanzado y exquisito. Recuerdo que Alejandra Pizarnik reverenciaba esta poesía, y ella misma la imitó en algunos de sus mejores poemas. De hecho el poemario erótico-místico supremo de la poesía universal es el "Cántico Espiritual" de San Juan de la Cruz, que habla por sí solo y cuya vigencia diría que es casi pavorosa.


–¿Qué actitud tienen los adolescentes ante el lenguaje?
Como están en sublevación con la familia y con los valores que de alguna manera la sociedad trata de comunicarles, hacen todo lo posible para repudiar esos valores, rechazarlos o reinterpretarlos a su manera. Los adolescentes tienen la tendencia a plegarse a la cultura de la gesticulación, de la imagen, del cuerpo; se expresan mucho más desde el punto de vista físico, y eso me preocupa porque pienso que limitan la posibilidad de entrada a un campo de reflexión más profundo. Pero por otro lado, el adolescente tiene una capacidad de innovar muy grande, y esa capacidad se ve en el tipo de modismos que han implantado, como por ejemplo “genia” o “ídola”, donde ciertos valores de la mujer que estaban totalmente suprimidos de golpe afloran. Los adolescentes ahora usan “te amo”, pero para mi generación decir “te amo” era un quemo total, lo único que podíamos decir es “te quiero”. No todo es negativo, lo que pasa es hay que saber escuchar a los chicos. La escuela y los medios de comunicación cometen un genocidio con los adolescentes, cuando en las telenovelas aparecen parejas que se expresan con un lenguaje terriblemente pobre, de una pobreza que te hace llorar porque no pueden entender sus propios sentimientos por la carencia de léxico.

–¿En qué momento empezó a gestarse esta limitación y pobreza en el léxico?
Hay una cierta tendencia a decir que el menemismo arrasó con el lenguaje, y ciertamente es verdad. Pero en realidad esto sucede en todo el mundo. En Francia se está debatiendo la degradación del lenguaje, justamente en el país que más “vigilancia” ejerce y el que más orgullo siente del cuidado del lenguaje. Si les pasa eso a los franceses quiere decir que esto es mucho más profundo. El menemismo se insertó en una ola general, en una especie de tsunami que está barriendo el mundo. Una civilización capitalista fundamentalista como la nuestra necesita borrar los mecanismos más profundos del lenguaje, porque con el lenguaje viene la reflexión, la crítica y un sentido estético. El lenguaje está amenazado porque es una amenaza, hay que entender esto: si nosotros nos asentamos en las riquezas naturales del lenguaje, nos constituimos en una gran amenaza.

–Al analizar el lenguaje que prevalece en el chat, usted descubrió que, a veces, al acortar lo escrito se recupera el origen de las palabras, como sucede con noche, que se escribe “nox”, igual que en el nominativo del latín. ¿Cómo explica que suceda esto?
Aunque sea azaroso, en la búsqueda de la reducción al núcleo de la palabra muchas veces se comprueba que la evolución fonética no es arbitraria sino que se corresponde con ciertos mecanismos biológicos y ciertos fenómenos fonéticos que son universales. Necesariamente, los chicos, al desandar ese camino para acortar la palabra, llegan al nox, pero también es cierto que sonó la flauta por casualidad (risas), pero no deja de ser notable e interesante. Yo pongo el ejemplo de las lenguas semíticas, donde la grafía excluye las vocales y la gente tiene que imaginar cuáles son las vocales que faltan. Y eso, a veces, produce grandes ambigüedades. El mecanismo es absolutamente natural en las lenguas humanas; la gente quiere condensar la información escrita que es tan complicada, que es cara, que es lenta, que comparada con la palabra oral siempre pierde en velocidad.

–¿Cómo incide la velocidad en la cultura?
El gran tema es que ésta es una cultura de la velocidad. Los países más ricos no son los que han ganado más dinero sino más tecnología de velocidad. El problema está en que la palabra ahora tiene que competir con la imagen, que la velocidad de la imagen es infinitamente más grande que la de la palabra. Habría que ver hasta qué punto se produce una especie de calentamiento de la superficie lingüística global al tratar de condensar y alcanzar más velocidad en el lenguaje. Borges decía que el inglés le ganaba al español en velocidad, porque es un idioma que tiene una enorme cantidad de monosílabos, pero que el español le ganaba en claridad, porque naturalmente usamos palabras de tres o cuatro sílabas. Si vos perdés el principio o el final de la palabra en español, no es tan difícil reconstruirla a través del contexto. Esta es una cultura que tiene que decidir si quiere comunicar más, o más rápido.

–Pero el riesgo de esta decisión es que si se opta por la velocidad, para llegar más rápido, se pierda profundidad...
Sí, pero el hecho de que el inglés haya escogido una estructura prácticamente monosilábica no ha incidido en una falta de profundidad la prueba está en los grandes escritores que tiene la literatura inglesa. El peligro está en el campo de la comunicación verbal. Me parece que el siglo XXI va a ser el siglo de los problemas de comunicación a nivel muy profundo, del diálogo de las grandes lenguas.

–¿Ese diálogo sería entre el inglés y el español?
No, me parece que el acontecimiento más importante del siglo va a ser el dominio de los chinos y nuestra preparación es flagrantemente pobre. Nosotros no sabemos nada de los chinos y vamos a tener un gran problema porque el diálogo de las culturas estará sometido a una prueba feroz, si no tenemos un poco más de comprensión de lo que está ocurriendo.

–¿Esto se agravaría por la idiosincrasia de los argentinos que tienden a rechazar el aprendizaje de otras lenguas?
Sí, en cierto sentido somos parecidos a los Estados Unidos, donde la enseñanza de lenguas, de acuerdo con el caudal técnico y económico que tienen, debería estar mucho más difundida. Pero como a cualquier parte del mundo a la que viajan la gente habla inglés, ellos creen que no es necesario conocer otras lenguas, y ahí se pierden un enorme cauce de comprensión y acercamiento. Los argentinos somos muy etnocéntricos y eso desgraciadamente viene de una tradición bastante mezquina. El gran Borges tenía un gran desprecio a nuestras culturas indígenas. Tenemos que desandar un largo camino y volver a andar en otra dirección.

–Usted afirma en el libro que la puja entre Florida y Boedo la ganó Borges.
El problema de Florida fue crear una especie de entonación criolla dentro del ámbito general del español para diferenciarse de los inmigrantes. En ese momento ellos estaban “ahogados” por una inmigración masiva; hay que pensar que dos de cada tres personas hablaban una lengua que no era el español y el núcleo criollo se sentía asfixiado. Pero fue una noción clasista y sobre todo muy porteña; lo que trató de salvarse fue el paradigma porteño por encima de lo que podría ser un paradigma nacional donde se agruparan las entonaciones de todo el país. Por eso digo que ganó la posición unitaria, porteña y burguesa de Borges.

–En el libro analiza letras de Leda Valladares o Jorge Drexler por el compromiso que tienen con la poesía, con la palabra. ¿La música parecería ser la vía masiva de rescate y recuperación del lenguaje?
Sí, es la única vía de rescate. A mí lo que me preocupa es la palabra oral. No estoy tratando de “salvar” la literatura sino la lengua, que es mucho más que la literatura. La canción no es una catacumba, por suerte todavía tiene muchísima vitalidad. Cuando vino Drexler, fui pensando que iríamos sólo unos cuantos viejos porque es demasiado poético. Lo que me gustó fue que la única vieja era yo (risas), estaba lleno de chicos jóvenes que coreaban la mayoría de las canciones. Estos son los destellos de esperanza que uno tiene.

Fragmento de El país que nos habla:

El lenguaje es el depósito sagrado de nuestra conciencia, la condición de nuestra sabiduría, la garantía de nuestra identidad y de nuestra libertad, y también una fuente de placer inagotable, si sabemos encontrarla. Pero lo malo es que, en gran parte, esta sociedad, efectivamente, ha abierto la luz verde en este sentido, y lo que presenciamos es un arrasamiento masivo de nuestra comunicación con el propio lenguaje, nudo fundamental de nuestra comunicación con nosotros mismos. Lo que se nos impide es el contacto con lo digno y lo hermoso del lenguaje. Y lo que urge es elegir entre un lenguaje cómplice o un lenguaje resistente. Pero en realidad no es el lenguaje lo que está en crisis, ya que la historia demuestra que pasan los gobiernos, los países, los siglos y el lenguaje sobrevive, siempre con la misma energía maravillosa. Los que estamos en crisis somos nosotros, los que abrimos las puertas a los saqueadores de ese petróleo último del habla que es el lenguaje, los que pretenden erradicarlo de la conciencia colectiva porque temen su vitalidad, su creatividad, su capacidad de juego y de denuncia, todo lo que nos aparte del triste mercado de bienes inútiles y suntuarios con que se nos persigue y aplasta cotidianamente.
El testimonio más fuerte de la totalidad que nos reúne es, precisamente, el lenguaje. Cada uno de nosotros es un recorte subjetivamente único dentro de un todo. Las partes no constituyen el todo, sino que el todo constituye a las partes. Partículas hablantes de ese gran todo que nos congrega, nos corresponde enfrentar sus crisis, reparar sus heridas, restaurar su luminosidad que será también nuestra.

Fuente: suplemento "Radar" del diario "Página 12"
Más información: www.pagina12.com.ar



En realidad, el severo diagnóstico de Castro sobre el español hablado y escrito en Buenos Aires coincide con el trazado por Amado Alonso en "El problema argentino de la lengua"(1935): Así arriba a conclusiones sobre la "esencia" del pueblo argentino : "plebeyismo universal", "instinto bajero", "descontento íntimo, encrespamiento del alma al pensar en someterse a cualquier norma medianamente trabajosa." En cuanto a las estrategias utilizadas para impugnar a Castro, el mismo Borges nos proporciona la respuesta en "Arte de injuriar" (1933. Historia de la eternidad). "Las alarmas del Dr. A. Castro" (1941) anticipa, desde el título, el mordaz humorismo con que Borges hostigará al filológo español.
lingüístico de Buenos Aires" al etiquetarlo como "el problema argentino de la lengua" (6), enfatizando la influencia nociva que ejercía Buenos Aires. Pero Alonso no pretendió como Castro probar una tesis sobre la "esencia" del pueblo argentino y por otra parte se consideraba amigo de Borges, a quien precisamente le dedica su obra, como "compañero en estas preocupaciones". (7) En la obra de Castro, por el contrario, se deslizan sugerencias contra Borges: "Hay argentinos, incluso con relieve intelectual, que declaran ser su lengua el "argentino", aunque no insistan mucho en ello al expresarse con la pluma" (p.16) "Para algunos, hacia 1927, [las formas bastardas] parecían el pedestal sobre el que debiera alzarse el futuro gran idioma de los argentinos"