martes, 21 de septiembre de 2010

Como enhebrar bolitas para hacer un collar

Conversación con Isabel Allende
ADELAIDA BIDOT/SARA RIVAS/BEATRIZ NAVIA



BN: Nosotros amamos la literatura; este es nuestro punto de partida. Así que vamos a intentar enfocar esta conversación hacia lo literario. Unas afirmaciones que Ud. dijo hace poco, nos han recordado a Marguerite Duras, quien aseguraba que el hecho de escribir es en sí mismo un acto gozoso y que más allá de los personajes y temas, el mero contacto con las palabras en una página en blanco es ya un placer y una experiencia difícil de escribir. Por ello, queremos pedirle que, utilizando símbolos o analogías, nos aproxime a algunas sensaciones que experimenta en ese encuentro casi sensual con la palabra escrita.

IA: Voy a tratar de responderte más bien de una manera práctica. Yo tengo una amiga a quien quiero mucho, que hace joyas artesanales, como los zarcillos que tengo puestos...

SR: ¿Como Carmen?...

IA: Sí, es la amiga que me sirvió de modelo en El Plan Infinito. Ella viaja por el mundo comprando piedras, huesitos, pedacitos de marfil, pedacitos de plata, en fin... Tiene un taller donde hay miles de cajitas con miles de cosas de diferentes colores y formas. Para hacer uno de estos zarcillos, los va poniendo pelotita a pelotita: la mira, no le gusta; la quita, pone una, pone otra. Muchas veces me invita para que vaya a su taller (soy la única persona que ella admite en su lugar) y durante horas hago collares o pulseras y me pierdo completamente en la maravilla de escoger la piedrecita que voy a poner allí. Y después que he tanteado mucho, resulta que no me gusta y cuando la cambio se me desequilibra y tengo que recomenzar. Ella dice que me pierdo completamente; que me hablan o suena el teléfono y no oigo. Que soy la compañera ideal, porque es como si yo no estuviera. Bueno, eso mismo me pasa cuando escribo. Voy poniendo una palabra y otra, y esta no me calzó y puse un adjetivo y entonces me quedó toda la frase demasiado larga o me quedó descompensada o desbalanceada. En defintiva, lo que hago con las manos es similar al trabajo artesanal con la palabra.

BN: Es artesanal, pero en el momento que se funde todo, se convierte en creación artística. Es más que algo manual, más que habilidad...

IA: Sí, es una especie de instinto que te dice qué es lo adecuado, qué es lo que vas a colocar o cómo lo vas a colocar. Un instinto que muchas veces se equivoca, pero uno aprende a confiar en el instinto cada vez más. Al principio había muchas dudas, más de las que hay ahora con respecto al lenguaje. En este momento tengo otro tipo de inquietudes, pero ya no tantas respecto al oficio artesanal de la escritura.

AB: ¿Entonces, cuando Ud. concibe una novela, no piensa necesariamente en la totalidad de la historia, sino que esta se va entretejiendo según su propio ritmo?

IA: Yo nunca hago un guión previo. Si me preguntas al principio de qué trata la novela, no te lo puedo decir. Podría decir vagamente que creo que va a ser una novela histórica, situada en tal parte y nada más; porque, la verdad, yo misma no lo sé. No hago el guión, porque las pocas veces que lo he hecho, soy incapaz de seguirlo. Los personajes se lanzan en su propia aventura, solos. Yo he aprendido con el tiempo a respetarlos, a dejar que ellos mismos se manifiesten, que hablen por sí mismos, que sigan el curso de su propio destino. Cuando interfiero para tratar de organizarlos a mi manera, no resulta. Por ejemplo, en Eva Luna, tenía más o menos planeado algo: los personajes son dos niños de la calle, huérfanos, pobres y sin educación. Ellos van a crecer en vidas paralelas y, en algún momento de la novela, se van a juntar para ser compañeros. Pero cuando coincidieron en la página 160, el tipo no me gustó nada y pensé: "bueno, si yo fuera Eva Luna, no me quedaría con este señor"...

SR: ¿Huberto Naranjo?

IA: Sí, él mismo. Me quedé a la mitad de la novela trancada, porque se me perdió el personaje masculino. Entonces necesité de alguien que viniera a rescatar a Eva Luna de ese callejón sin salida, y aparece el árabe Riad Halabí. Yo no conozco a nadie como él. Cuando apareció en mi imaginación ya venía con un nombre, con una presencia física y con un labio leporino. Era un personaje secundario que sólo iba a venir a salvarla, pero fue creciendo hasta que se convirtió en un personaje protagónico y después, incluso, reapareció en Los Cuentos de Eva Luna. Fue más fuerte que yo. Me ganó por cansancio o por presencia.

AB: Aun sin ese Plan, como Ud. dice, encontramos en sus novelas un orden tan lógico, que de momento reaparecen eventos o personajes que a lo mejor ya ni recordábamos. Específicamente en la novela La Casa de los Espíritus, aparece el episodio cuando Ana Díaz está despidiendo a su hermanito en el Colegio y le dice: “daría la vida por ti, Miguelito", y luego la voz del narrador interviene: “... no sabía que algún día tendría que hacerlo".

IA: A veces hago “trampas”. Por ejemplo, en un caso como ese, es posible que al terminar la novela, cuando Ana Díaz ya "haya dado la vida por el hermano", como recurso de suspenso, yo vuelva atrás y lo incluya. Pero, muchas veces, la organización se va dando sola, casi intuitivamente y cuando pasa lo que mencionas, escribo en un papelito la frase y lo pego con una chincheta en la pared, para que no se me olvide.

BN: ¿Requiere mucha memoria y además un ingenioso oficio de armar a fin de unir coherentemente los hilos de su obra?

IA: Sí, y como mi vida es complicada, porque tengo que viajar y hacer muchas cosas, esto es muy importante, pues tejer o bordar una novela supone manejar muchos hilos en la mano sin perderlos de vista. Fíjate que yo conocí a una escritora que colgaba los capítulos en un hilo de colgar ropa, con “perritos”, para no confundirse y los iba mezclando de una manera completamente visual.

BN: Ud. ha mencionado muchas veces que todas sus novelas han surgido de emociones profundas, en muchos casos de situaciones dolorosas, de nostalgias y de angustia frente a experiencias personales o colectivas de la realidad social latinoamericana. Por ello todas tienen muchos sesgos históricos, -inclusive con referencias explícitas a lugares que uno reconoce como Venezuela, Chile... Sin embargo, creemos que, felizmente, sus obras evitan ser solemnes, lúgubres, excesivamente realistas o meros instrumentos de crítica social. Lo que hace posible, a nuestro entender, que vayan más allá del periodismo o crónica literaria y que se imponga lo literario es que hay elementos estilísticos y enfoques temáticos propios de una buena literatura. Sobre esto vamos a hacerle algunas preguntas.

AB: Por ejemplo, ¿en función de qué aparece el humor: como sátira, como una crítica social; o es una manera de representar a los latinoamericanos que recurrimos al humor para salvarnos, como un mecanismo de defensa?

IA: Cuando yo era periodista tenía una columna humorística todas las semanas, la que mantuve por diecisiete años, primero en Chile, más tarde en Venezuela. Cuando tú escribes humor en forma regular, se te entrena la mente para ver siempre las cosas "por detrás". Si todo el mundo está mirando la situación desde un ángulo, el humor consiste en verla desde otro ángulo inesperado. Es un entrenamiento. Yo lo aplico permanentemente en mi propia vida. Me sale natural, no lo pienso. Aun en situaciones muy dolorosas siempre hay momentos en que uno se ríe. Mira, en el hospital de Madrid, donde estaba mi hija tan grave, en la sala común del Departamento de Neurología, donde había seis camas, se daban algunas escenas realmente cómicas entre los locos del piso. Escribí sobre estas, porque son extraordinarias, son temas de color como en un cuadro de Fellini. Claro, es doloroso pensar que mi hija estaba en coma, pero, por otra parte, es maravilloso todo el enriquecimiento que eso me trajo. Entonces, en cada situación de la vida, salvo tal vez en la tortura, o en cosas de ese tipo, hay cosas que se prestan para el humor y a mí me sale en forma natural.

AB: Es una manera de abstraerse. Mirar en perspectiva, como si se vieran las cosas detrás de otra persona...

IA: Sí, te da una especie de desprendimento de la situación. Yo creo que es una reacción ante el dolor muchas veces, porque hay ocasiones que se da una situación muy dolorosa y la gente se ríe. Por ejemplo, en el cine hay, de pronto, una escena que es terrible y no sabes qué causa la risa. Es, seguramente, una reacción casi nerviosa.

BN: Además el humor es una manifestación de inteligencia. Refleja un sentido de percepción especial y puede ser un excelente medio para interpretar los aspectos más sencillos o los más trascendentes. ¿Tal vez por ello, cree Ud. que no es nada fácil escribir con recursos humorísticos?

IA: Yo creo que con humor se pueden decir cosas de una manera más eficiente. A veces un chiste de tres líneas cala más profundo que una columna de seis líneas. Es difícil escribirlo, porque es muy sintetizado; es como la poesía, que es síntesis, contraste.
IA: Todas esas cosas son ciertas y para que Uds. vean que no hay nada nuevo bajo el sol, lo de la cabeza de Nívea está inspirada en una experiencia en Chile, en el año 1972. Mi mejor amiga era de una familia de catorce hermanos. Los padres tuvieron un accidente en un automóvil; se mataron los dos y la cabeza de la madre se perdió. Salí con todos ellos a buscar la cabeza a lo largo de la carretera Panamericana, hasta encontrarla. Me quedó siempre esa impresión. Diez años después, cuando escribí La Casa de los Espíritus, volvió esa imagen. Hoy he terminado de leer el libro Crazy in Alabama de un escritor norteamericano. Es la historia de una mujer que le corta la cabeza a su marido con un cuchillo eléctrico de la cocina, la pone en un recipiente para secar lechuga y cruza todos los Estados Unidos con esta. La cabeza empieza entonces a hablarle. Es un libro extraordinario. Me pregunté: ¿dónde he visto yo esto? Ya se me había olvidado La Casa de los Espíritus. Tú ves, un tema recurrente.

BN: Recurrente, como el caso de Lorena Bobbitt...

IA: ¡Una maravilla como tema literario!

IA: Yo creo que la humanidad tiene necesidad de historias. Tan antigua como la humanidad misma es la necesidad que tenemos de la historia que nos explica a nosotros mismos. Hay muchas clases, pero algunas perduran, se repiten y se transforman. Es como un mito que se expresa a través de ellas. Yo creo que nuestros tatarabuelos, sentados alrededor del pueblo, en esos inviernos eternos de la Edad de Piedra, ya estaban escuchando historias. Las historias son a la sociedad lo que los sueños son al individuo. Si nosotros como seres humanos no soñamos, nos volvemos locos. El sueño despeja la mente, el ruido, ordena simbólicamente; revela secretos, nos enseña sobre nosotros mismos. El cuento, la historia, la narración, tienen el mismo efecto a nivel colectivo. Eso se puede hacer de muchas maneras: a través de la poesía, de forma oral o del cuento repetido que pasa de una generación a otra desde épocas donde no existía la palabra escrita. O, también, con las formas más elaboradas de la literatura más sofisticada. Pero en el fondo, es la misma necesidad que el hombre tiene de escuchar. En ese sentido cumple un fin primordial para la sociedad. Es la función de explicar un tiempo, un momento, un evento, un sentimiento para el colectivo. Y se convierte en obra perdurable o trascendente cuando explica algo que interesa a muchas personas. Cuando Kafka escribió La Metamorfosis, parecía una pesadilla de un hombre que vivía neuróticamente. Pero esta novela contemporánea toca un momento del alma colectiva y se erige en símbolo de un tiempo. Solamente el tiempo puede probar qué es una obra de arte. Es curioso, porque a pesar de que hay, como tú bien dices, ese desprecio a la literatura, siguen existiendo libros, sigue habiendo gente que lo único que puede y quiere hacer es escribir, aunque se muera de hambre. Yo siento que el escribir es una celebración de la vida. Son las ganas de contar, de contar las historias de los demás, de comunicarse. Gabriel García Márquez dijo una vez que "escribo para que mis amigos me quieran más". Yo pienso que yo escribo para que la gente se quiera más. Como una celebración de la vida.


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