jueves, 21 de abril de 2011

Montoya, Víctor

Calidad y talento son condiciones que caracterizan las obras de Víctor Montoya, escritor boliviano residente en Suecia desde 1977.
Montoya es autor de varios libros y ha tenido la audacia de incursionar en diferentes géneros literarios. Afronta la aventura de escribir, desentraña la forma narrativa más precisa y descubre nuevas realidades a medida que se interna en lo que cuenta. Uno avanza por el interior de sus relatos descubriendo, más allá del posible mensaje, hechos que atañan a los humanos. Precisamente, este punto de encuentro ocurre en sus novelas y cuentos.

Montoya acaba de publicar el libro: Cuentos de la mina, en el que podemos observar, con lenguaje coloquial e interferencias del idioma quechua y aymará, la vida cotidiana, mitos y leyendas de los trabajadores del subsuelo boliviano. Se tratan de cuentos que, una vez más, demuestran la capacidad narrativa de su autor y la realidad fantástica del tema abordado.

Esta entrevista es un modesto intento de conocer la opinión de Montoya sobre el arte de la escritura y la necesidad de expresarse por medio de la literatura. Nos referimos, en concreto, a ese momento de la vida, entre lo material e intangible, que permite descubrir dimensiones profundas. Creo que fundar un mundo narrativo y escribir un relato, como lo hace Montoya, implica trabajar con el lenguaje de un modo personal. Certero o titubeante, no lo sé; pero de lo que sí estoy seguro, es que cada persona que se dedica a la palabra escrita ha encontrado, de una u otra manera, un estilo particular que lo diferencia de los demás, y, bueno, no queda otra cosa que potenciarlo.

El lenguaje es una de las herramientas que tenemos para movilizar y educar el espíritu humano, pero también sirve para comunicarnos y crear modelos sentimentales. La inversa se hace presente en un lenguaje violento y peyorativo que bien puede ser utilizado por cualquier comunidad hablante.

La escritura es un universo independiente del mundo real, y está llena de incógnitas, ansiedades, sugerencias, contradicciones y dislocaciones. En consecuencia, el arte de la escritura tiende a romper los patrones de una lengua mediante la ficción y el proceso creativo. Así, por ejemplo, podríamos decir que el lenguaje poético, es una especie de álgebra fracturada que atrapa a su interlocutor en un mundo por el cual siente fascinación: el de las palabras.

Dejemos, entonces, que Víctor Montoya nos refiera su experiencia sobre el arte de hilvanar frases, con la única intención de contar, de manera global y concisa, una historia que rescata la memoria personal y colectiva.

Víctor, se suele decir que en la vida no podemos volver atrás. Sin embargo, el universo escrito nos proporciona la placentera facultad de rehacer lo hecho. En tal sentido, me gustaría saber:

¿Cómo transformas los recuerdos en material narrativo?

Los recuerdos, vaciados en palabras, son un excelente material literario, sobre todo si son de interés general. El escritor casi siempre escribe sobre cosas que le han impresionado en la infancia o en la vida; son temas que salen a flote del subconsciente y exigen ser narrados. No olvidemos que la memoria es un instrumento poderoso que, con el impulso de la imaginación, nos ayuda a rescatar y condensar los recuerdos del pasado.

Yo mismo cuando escribo un cuento, un artículo o una novela, obedezco a un impulso interior, a una necesidad de expresar, por medio de la palabra escrita, lo que pienso y siento, pues el arte de escribir es una suerte de terapia que se desata desde el fondo del alma, con la esperanza de hacer eco en el corazón de los lectores. Casi siempre realizo un viaje hacia mí mismo, hacia mi propio yo, intentando zambullirme en mis adentros, en mis recuerdos. Tengo la necesidad de contar lo que he visto y oído, lo que he sufrido y vivido; se tratan de situaciones inverosímiles que experimenté cuando era niño y que, además de determinar mi conducta personal, permanecen latentes en mi mundo subconsciente. Por ejemplo, Todavía guardo en la memoria el primer estampido de bala que oí en mi vida; era en la madrugada del 24 de junio de 1967, cuando las tropas del ejército ejecutaron la masacre de San Juan en Siglo XX; un suceso impactante que despertó mi curiosidad por las luchas sociales y un panorama desolador que no me dejaría ya vivir en paz por el resto de mis días. Lo que quiero explicarte es que los recuerdos, como cualquier otro material de interés general, constituyen un excelente material literario. Todo depende de la destreza del narrador para convertir los sueños y las pesadillas, pero también las ilusiones y las esperanzas, en obras literarias cuyos valores éticos y estéticos respondan al nivel de exigencias del lector.

¿Qué es lo más importante en el cuento, según tu opinión?

La autenticidad del tema, la originalidad del estilo y la intensidad narrativa. Una de las características fundamentales del cuento, que se distingue entre otros de la novela, es su brevedad, que consiste precisamente en narrar una historia completa en pocas páginas y en poco tiempo. En esto consiste su ventaja sobre otros géneros, en que puede ser leído rápidamente y, además, es capaz de sostener la atención del lector de principio a fin, así como ocurre en los cuentos de Chéjov, Maupassant, Borges, Cortázar o Leopoldo Alas, quienes están considerados como maestros tradicionales del cuento, porque sabían hilvanar una historia, irse al grano y llegar enseguida al punto de destino, al desenlace. Es decir, la poca extensión del cuento no permite que se malgasten palabras. El narrador está consciente de que un cuento breve, bien concebido, es similar a una obra de orfebrería; más todavía, el cuento, tanto por su perfección como por su brevedad, creo que está llamado a sobrevivir a la novela, pues el hombre moderno, apremiado por la prisa y el estrés, tendrá más inclinación por una narración corta que por una novela de largo aliento.

¿Qué relación sueles darles al principio y final de un cuento?

El principio y el final de un cuento, cuyo tema sigue un hilo argumental, están enlazados a la trama, a la disposición interna, que nos conduce al desenlace. Por lo tanto, todo escritor que incursiona en el arte de narrar sabe, de alguna manera, que su cuento debe tener un principio que atrape la atención del lector y un final que, sin ser necesariamente explícito, sea sorpresivo y eficaz. Guy de Maupassant, entre otros, demuestra su maestría a través del desenlace inesperado que le sorprende al lector, sus cuentos están llenos de efectos y precisiones en el manejo del hilo argumental. Algunos de sus cuentos tienen un final inesperado, un signo de exclamación; algo que dice ya mucho del cuentista y de su calidad literaria.

En mi caso, cada vez que me dispongo a escribir un cuento, pienso muchas veces cómo debo de empezar y terminar el cuento, de manera que el tema que voy a abordar tenga una coherencia lógica y sea accesible para el lector. El cuento, aun siendo experimental, no tiene por qué ser un rompecabezas ni un laberinto sin salida. Mientras más depurado sea el lenguaje y más transparente sea el argumento del cuento, siempre tiene la ventaja de ser mejor. Además, yo no creo en los cuentos cuyo principio y final no tienen relación alguna ni en los cuentos que contienen trampas para despistar la atención del lector.

¿Qué elementos trabajas más cuando escribes?

Si se parte del criterio de que el principio y el final de un cuento son elementos importantes, entonces se entiende que tanto la forma como el contenido son otros elementos esenciales que nos proporcionan la sensación de que cada una de las partes de un cuento están integradas en una totalidad. En realidad, ninguno de sus componentes esenciales puede ser omitido; por el contrario, todos sus elementos requieren ser trabajados con la debida atención durante el acto creativo. Por eso mismo, la invención y elaboración de un cuento me implica estar consciente de que cada uno de los elementos que lo constituyen son iguales de importantes a la hora de escribir, sin que por esto se desmienta el hecho de que durante el proceso narrativo intervengan otros elementos subconscientes que no están previstos racionalmente desde el instante en que se concibe el cuento. A veces suele ocurrir que el protagonista o las acciones surgen de manera espontánea, que hacen que el escritor se dirija en una dirección u otra, más como una expresión de eso que se llama inspiración, que de una planificación premeditada.

De todos modos, pienso que un cuento bien planificado tiene mejores posibilidades de ser un buen cuento, que otro que surgió de manera espontánea, sobre todo, si se considera que un buen cuento es como un pan bien horneado, que requiere una temperatura adecuada y una cocción que está en su punto. No siempre es fácil de lograrlo, pero tampoco es imposible si se trabaja con paciencia y rigor, haciendo hincapié en la importancia semántica de cada palabra y en los otros elementos técnicos que intervienen en la elaboración del cuento.

¿Y qué me dices de la estructura de un cuento bien trabajado?

La buena estructura de un cuento depende, en gran medida, del profesionalismo del narrador, quien, además de dominar los complejos recursos del arte literario, debe aprender a domar el lenguaje. La construcción de un cuento, por decir de alguna manera, es similar a la construcción de un edificio, que requiere una planificación desde los cimientos hasta el techo. Es la única manera de evitar que se nos desmorone a media construcción.

Ahora bien, en prosa, y ésta es mi opinión particular, no hay género literario más perfecto que el cuento, que se concibe como un vaciado total. No como la novela que, por su propia estructura, es el resultado de la composición de varios temas y personajes yuxtapuestos. Al cuento primero se lo concibe y después se lo escribe; no como la novela, que se la va inventando y estructurando conforme se la escribe, tropezando, cayendo y desviándose a veces de la idea central.

El cuento exige una estructura trabajada con precisión de joyero. No admite, por ejemplo, descripciones extensas o temas entreverados que obstaculicen la agilidad del relato. El autor, sin redundancias ni explicaciones didácticas, debe contar una historia completa con brevedad, tratando de satisfacer con rapidez la curiosidad del lector. Es decir, al tener que narrar una historia con principio, nudo y desenlace, con personajes, acción, ambiente e ideas precisas, con identidad propia, el narrador se ve obligado a concentrar el relato, o sea, a referir y precisar solamente lo fundamental. Por lo tanto, el cuento bien estructurado es aquel que nos deslumbra como un fogonazo, porque, a diferencia de la novela, es tiempo concentrado, quizás por eso García Márquez dice que el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como el de empezar una novela, una apreciación que nos da la pauta de lo que más o menos es el cuento, cuya estructura es bastante completa por su brevedad como por la economía del lenguaje.

Por último, ¿qué te sugiere la palabra "futuro"?

De entrada, me sugiere el desarrollo galopante y estremecedor de la informática, pues nos encontramos, como en los libros de ciencia-ficción, atrapados por los tentáculos de una sociedad sin escrúpulos, donde las técnicas de la cibernética han superado a la fantasía más remota de autores como Julio Verne o Asimov. En la actualidad, cualquier muchacho, que dispone de una computadora en su casa o en la escuela, puede navegar con soltura en la red de Internet y procurarse la información que necesita, con la falsa creencias de que los libros y las bibliotecas han sido superados por las páginas electrónicas. Si bien es cierto que Internet ha eliminado las distancias y acercado a los hombres de todas las naciones, es cierto también que el libro impreso jamás será sustituido por la edición digital, pues no es lo mismo la sensación de tener un libro en las manos que leerlo en la pantalla de una computadora. El hombre moderno, que cada día piensa más en los bienes materiales que espirituales, parece haberse escapado de la realidad por la tangente de este mundo cada vez más globalizado, manoseado y contaminado.

De modo que la palabra futuro, lejos de toda consideración científica y tecnológica, me causa angustia porque sé que nos vamos acercando al borde de un desastre ecológico del que probablemente no se salvará nadie. Sin embargo, mientras no se precipite este desenlace fatal, sabemos que en el futuro muchas cosas seguirán siendo igual que antes. Por ejemplo, el amor, el odio, los celos, la envidia y los instintos de competencia y supervivencia. Otra cosa que permanecerá en el futuro, de no darse cambios radicales, será la lucha de clases, la pobreza en los países en vías de desarrollo y las amenazas bélicas de las grandes potencias. Los personajes célebres de la historia de la humanidad serán también célebres en el futuro. De los clásicos de la literatura ni siquiera hablar, puesto que seguirán siendo tan actuales como siempre. Es probable que en el futuro se respeten más los derechos de los niños y las mujeres lleguen a ocupar el 50% de los poderes del Estado, pero lo que no se modificará nunca es que el niño siga siendo el vástago de sus padres y que la mujer siga pariendo como antes. En síntesis, aunque creo en la dialéctica del materialismo histórico, tengo las esperanzas en que nuestro amor por el arte de la palabra escrita no se acabará mientras existan hombres sobre la faz de la Tierra.

FIN